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From the South Florida Sun-Sentinel
El tsunami de los alimentos
Por Guillermo Martínez
Especial para El Sentinel
Algunos lo han llamado un verdadero tsunami. Otros, que es una tormenta perfecta.

Ambas calificaciones son apropiadas metáforas para describir el enorme aumento en los precios de las materas primas, los cambios drásticos en el clima y decisiones especulativas que han propiciado el incremento inusitado de los alimentos en los países desarrollados y que han sumido a los pobres de muchas naciones del planeta en la peor hambruna registrada en décadas.

Muchos temen que lo peor aún está por venir.

En Estados Unidos, las amas de casa se quejan de los precios en los supermercados. Cada visita semanal al supermercado se hace más cara. Hacen lo que pueden para gastar menos en comida.

Mientras nos quejamos, en África, Asia y América Latina, niños se mueren de hambre. Hay gobiernos que enfrentan turbas callejeras. Varios ministros de economía han sido despedidos. Muchos países imponen restricciones a las exportaciones de materias primas básicas para proteger a sus propios ciudadanos, evitar el hambre o contener el aumento de los precios.

Pero, ¿cómo es que todo esto empezó y a quién podemos culpar?

Un dólar débil deriva en un incremento en el precio del petróleo. El aumento en la cotización del energético resulta en el incremento en el precio del maíz, el trigo, los cereales, el arroz, el sorgo y otros granos. Tampoco ayuda el hecho de que el gobierno de Estados Unidos ha dispuesto que, para el año 2010, 10 por ciento de la gasolina que se utiliza en el país tenga que provenir del etanol extraído del maíz.

Los agricultores estadounidenses jamás han estado más contentos. Obtienen enormes ganancias por sus cultivos de maíz, aparte de los subsidios que reciben del gobierno — una práctica que también prevalece en Europa. Menos tierras son dedicadas al cultivo del trigo u otros granos.

Agreguemos la sequía que ya lleva varios años en Australia, uno de los mayores productores de trigo en el mundo y, para completar el panorama, la presencia de los operadores de bolsa en Wall Street que han empezado a especular con los valores a futuro de mercancías y alimentos.

Los efectos pueden ser vistos alrededor de mundo. En África, donde mucha gente vive con menos de un dólar al día, hablan de supervivencia. El gobierno de presidente George W. Bush ha aumentado $240 millones la ayuda a $1,360 millones para paliar el problema del hambre.

No es suficiente.

En América Latina, protestas callejeras derrocaron al primer ministro de Haití. Protestaban porque tenían hambre.

En Argentina, la crisis le costó al ministro de Economía, Martin Lousteau, su trabajo. El funcionario saliente había impuestos tarifas a la exportación de productos agrícolas. Lousteau trataba de controlar la creciente inflación ocasionada por los precios de los alimentos y la gasolina.

En Chile, la economía más saludable y mejor administrada de América Latina, el secretario del Tesoro, Andrés Velasco, advirtió que la inflación en marzo pasado había alcanzado niveles preocupantes y subrayó que se estaba experimentando un rápido aumento en los precios de los alimentos.

En Ecuador, las autoridades culpan a las inundaciones por los aumentos en el precio de los pollos y las papas.

En Estados Unidos, algunos legisladores ya quieren que la disposición sobre el uso de etanol sea revocada y exhortan a explorar otras alternativas que liberen a Estados Unidos de su dependencia de petróleo importado. Otros congresistas quieren que el gobierno suspenda los subsidios a los agricultores.

Ambas posturas podrían ser un buen punto de inicio.

El etanol derivado del maíz no es eficiente. En Brasil funciona porque el etanol es extraído de la caña de azúcar, que no es un producto utilizado para alimentar el ganado. Los subsidios a los agricultores no son necesarios cuando ya obtienen enormes ganancias derivadas del incremento mundial de los precios de los alimentos.

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